Nos costó años y marchas sacar adelante la reducción de jornada a 40 horas. Todo el mundo respiró pensando: “Por fin voy a ver a mis cabros despiertos un martes por la tarde”. Pero el ingenio patronal no duerme, y de la mano de Hacienda y Trabajo nos cocinaron una pillería con nombre siútico: el “Promedio Anual” de la jornada.
¿En qué consiste el invento? Muy simple: en vez de promediar las horas en un ciclo humano de cuatro semanas, lo estiran a los 12 meses del año. Es decir, te pueden reventar trabajando 50 o 60 horas semanales en temporada alta (navidad, cosechas, turismo o faenas de verano) bajo la promesa de que “después te compensamos con días libres en invierno”.
Pero hay un pequeño detalle que convenientemente olvidaron mencionar: ¿Qué pasa con el trabajador a plazo fijo o por obra? Pasa lo obvio: lo explotan al máximo en los meses punta, no le pagan ni un solo peso de horas extras porque “está en promedio”, y cuando baja la pega… ¡patada en la raja y finiquito! El descanso compensatorio se fue al tacho de la basura y el pago de horas extraordinarias se lo ahorró la empresa. Un fraude de ley con corbata y timbre oficial.
Y para rematar el menú del abusador, quieren meternos la “jornada por hora” con el cuento hipster de la “adaptabilidad del siglo XXI”, mientras la CPC mira con codicia y baba los feriados irrenunciables, queriendo abrir hasta el 18 de septiembre y el 1 de mayo.
Para la CAT, el descanso y la salud mental no se meten en una licuadora de promedios truchos. Las 40 horas son para vivir mejor, no para que el gran capital te exprima como limón de pica y bote la cáscara cuando ya no le sirves.