A ver, hablemos en chileno claro y sin letra chica. ¿Ubica cuando en la feria o en la tele le ofrecen algo “demasiado bueno para ser verdad”? Bueno, esa es exactamente la cantinflada que nos quieren vender desde el Ministerio del Trabajo con el famoso cuento de la “indemnización a todo evento”.

Nos dicen con cara de póquer: “Oiga, es que si usted renuncia, ahora se va a llevar una platita”. ¡Qué generosos, qué estadistas, qué alma caritativa la del gran empresariado! Pero detrás del jingle publicitario hay un truco viejo: quieren borrar de un plumazo el régimen histórico de Indemnización por Años de Servicio (IAS) y cambiarlo por un fondito de aporte patronal de apenas un 1,8%.

¿Traducción real? Abaratar el despido. Así de corta.

La trampa es matemática y perversa: si a una empresa le cuesta dos chauchas despedir a don Juan o a la señora Carmen —que llevan 10 o 15 años sacándose la mugre, con sueldos consolidados y derechos ganados—, ¿qué cree usted que va a hacer el patrón? Los manda para la casa sin arrugarse y contrata a cabros jóvenes con sueldos de hambre y contratos flexibles. Segmentan, dividen y nos precarizan a todos por igual.

La indemnización por años de servicio no es un regalo ni un bono de fin de año: es un piso mínimo de seguridad social conquistado con décadas de lucha. No es una cuenta de ahorro para que el empleador juegue a la ruleta rusa con tu estabilidad familiar.

Desde la CAT no compramos espejitos de colores. La indemnización histórica no se toca ni se rifa. Si quieren modernizar el trabajo, que empiecen por pagar lo que corresponde y no por inventar ofertas chantas donde el único que pierde es el de siempre: el que se levanta a las cinco de la mañana.