Cada vez que el mundo sindical dice: “Oigan, un trabajador necesita un piso digno para no ser pobre”, se activa el mismo botón de pánico en la tele y en los diarios financieros: “¡Peligro! ¡Se acabará el empleo! ¡Viene el apocalipsis inflacionario!”. Parecen disco rayado.
La Central Autónoma de Trabajadores (CAT) puso una cifra clara, urgente y con sentido común sobre la mesa: $660.000 mensuales de salario mínimo, para sacar a las familias de la línea de la pobreza. ¿Y qué respondieron el Gobierno y los gremios empresariales? La misma cortina de humo de siempre.
Vamos a los datos duros para desarmar el llanto:
- En 2025, el salario mínimo subió un 5,5% real. ¿Qué pasó con el país? El PIB creció 2,5%, el empleo no se destruyó y las grandes empresas del IPSA se embolsillaron un alza récord del 25% en sus utilidades. O sea, plata hay, y de sobra.
- Subir el mínimo a $660.000 le cuesta al empresariado unos US$ 1.000 millones al año: tres veces menos que lo que proyectan ganar extra y apenas la mitad de las rebajas de impuestos que el mismo gobierno les cocinó en bandeja.
- ¿Inflación? Lo que nos pegó en la billetera el alza de la bencina en un solo mes hizo más daño que todo el impacto de reajustar el sueldo mínimo en un año completo.
El verdadero libreto patronal es mantener al 26% de compatriotas en la informalidad y la cesantía rondando el 9% para usarlo como “ejército de reserva”: chantajear a la gente con que “agradezca que tiene pega” para seguir pagando sueldos que no alcanzan ni para llegar a la quincena.
La economía no crece apretándole el cinturón al que vive de un salario; crece cuando la clase trabajadora tiene plata en el bolsillo para comprar el pan, pagar la micro y mover el almacén de la esquina.
Y ojo con las mesas de té entre cuatro paredes con centrales regalonas que no representan a nadie. Como decía Clotario Blest y Recabarren: los derechos no se negocian, se defienden. ¡Sueldo mínimo digno ahora!